jueves, junio 16, 2016

Impalada 2016: ... de una Impalada ...

Tercer día: Barcelona-Sant Vicenç-Alcañiz


Amanecimos temprano el sábado, y con muchísimas ganas de hacer la Impalada, que es mucho más que una buena excusa para ir de viaje. El recorrido previsto lo tenéis en el mapa de abajo. Este año partía de la fábrica Montesa-Honda, incluía una visita a la Exposición "100 años de motor" organizada Xavier Jordi y su gente del Motoclub Viladrau, y terminaba en Sant Vicenç de Montalt tras haber hecho el Montseny. Un recorrido más corto que el de otros años, pero con una pinta excelente a priori.


Con idea de salir juntos los amigos que íbamos a compartir jornada, quedamos en vernos a primera hora en casa de Nacho. Y allí estuvimos los tres madrileños más Pepe, Fernando y el bueno de Eugeni, que compartiría mesa y jornada con nosotros, como en varias de las Impaladas previas. Sólo faltaba Ramón, que se uniría al grupo en la salida.


Pocas compañías mejores se me ocurren, la verdad. Y el caso es que no me sería fácil contar cómo se formó este grupo donde cada uno viene de un lugar y tiene un equipaje diferente, pero donde todos disfrutan de la compañía de los otros, por distintos que puedan ser. Un verdadero lujo del que espero disfrutar tanto como Dios permita.

Y tras haber intentado arreglar la tendencia podemita de la bolsa de José María, agravada por la salida de los polos que le había conferido un grado de flaccidez que aún perjudicaba más su equilibrio, pusimos rumbo a Santa Perpetua. Releo lo escrito y veo que la explicación sobre los problemas de equipaje de Domínguez no puede ser menos clara. Así que hago un intermedio para explicarlo.

La bolsa de mi compañero es una maravilla de accesorio que procede de los 80. Como nuestra juventud, las Impala 2, y la Triumph Bonneville para la que fue diseñada. Consta de una plataforma de plástico rígido que se sujeta al depósito con correas para instalar sobre ella los distintos pisos de la bolsa a base de hebillas de presión. El problema estaba en la base, que tiene un agujero por donde hacer pasar el tapón de la gasolina, que en la Triumph va desplazado a la izquierda del depósito. Al ponerla en la Impala, donde la boca de llenado está centrada, todo el conjunto quedaba desplazado, y apoyaba mal. Pero lo solucionamos del mejor modo posible: navaja en mano, y recortando un poco la base de plástico para poder equilibrar mejor el conjunto.

El día que complementemos esto con un tapón que no pierda gasolina a chorros, va a ser la leche. A costa -eso sí- de que JM deje de oler como un jeque saudí durante los viajes. Con lo que viste eso.

Retomo el hilo, que me pierdo. El caso es que hacía días que la meteo indicaba posibilidad de lluvia en Viladrau. Pero nos encontramos con algunas gotas sueltas ya en el camino hacia Montesa Honda, con lo que al llegar a parque cerrado cada uno tomó una decisión ... y la de los madrileños, que aún recordaban la mojada de 2015, fue la de enfundarse en toda la ropa impermeable disponible, que es lo que estamos empezando a hacer en la foto de abajo:


Cubiertos ya por todo el nylon disponible, estuvimos saludando amigos, haciéndonos la foto de grupo y escuchando la emocionante carta que Manolo Maristany nos había escrito a los participantes poco antes de morir. Pocos aplausos más merecidos que el que se llevó el autor de "Operación Impala", Dios lo tenga en su gloria.


Entre las anécdotas del parque, me quedo con una, de las que emocionan. Resulta que Eugeni, tras leer mi análisis de la Wera Joker 10-13, se tropezó con una llave peculiar que había aparecido entre las herramientas del Morris de su padre y decidió regalármela. A fe que es rara de narices. Y que se vendrá a la Estepa en recuerdo de un amigo que siempre tiene algún detalle ... y con el que da gusto compartir kilómetros. Mil gracias, caballero.



Tras haber conocido a nuevos amigos como Eladio, y sintiendo no haber tenido más tiempo para Santi, Jaume, Susanna, José Antonio y el resto de la buena gente con la que coincides de año en año, empezamos a salir hacia uno de los primeros tramos bonitos del día: el conjunto St. Feliú de Codines y St. Miquel de Fai. Si debo decir la verdad, salí del parque con una sola idea en la cabeza: intentar por todos los medios que Carlos se encontrara cómodo con la Texas de Pep, y que no se nos fuera al suelo. Que por más kilómetros que lleve, era su primer cambio a la derecha. De tal modo que intenté ponerme tras él para la ascensión. Pero mi buena intención duró sólo un par de kilómetros, al cabo de los cuales me entró una llamada de teléfono de Fernando. Bendito sea el Interphone F3 que llevo en el casco, pues si no es por él, habría llegado hasta Tona sin darme cuenta de que José María había pinchado.

Así que dejé a Carlos y me di media vuelta, dado que los desmontables y las llaves de rueda viajaban en mi moto. Mientras retrocedía no pude evitar recordar que dos días antes estábamos dudando sobre si valía la pena llevar una cubierta y los desmontables, que suman bastante peso. Pero es sabido que Dios protege a los imbéciles, razón por la cual a nosotros nos tiene en palmitas. Y gracias a ello llevábamos el instrumental, además de tres cartuchos de CO2 para poder hinchar la cámara.

Aunque lo cierto es que aquí se descabaló por completo la jornada, no necesariamente fue para mal. Porque ver a un antiguo "Super" de Enduro cambiar una rueda es de esas cosas que te hacen aprender algo nuevo.



¡Una máquina cambiando gomas el Piris!

Cuando estuvo todo en orden, salimos hacia la gasolinera de Tona, donde esperaban los compañeros, a los que habíamos informado por el grupo de WhatsApp de la incidencia, y que aguardaron allí nuestra llegada para salir juntos hacia Viladrau. Alcanzamos la sede de la Exposición justo para ver cómo el resto de participantes la abandonaba camino del Montseny.

Así que nos pusimos a la cola del pelotón y echamos a andar. Y de nuevo Carlos y la Texas como obsesión. Así que me lo puse a rueda para ir enseñándole donde frenaba y que no le afectaran las curvas ciegas. Precaución innecesaria, porque -según lo que vi en el retrovisor- las trazadas del último de los madrileños dejaban ver que lleva años de moto, aunque fueran muy diferentes a la que conducía en esta ocasión.

De tal modo que tras el reagrupamiento decidí darle un poco de alegría al puño, y pasé dos ratos estupendos siguiendo primero a Fernando y luego a Eugeni. ¡Qué divertido es conducir las Impalitas "a todo lo que dan" en compañía de alguien que monta mejor que tu! 

Con una última frenada en la que casi nos pasamos el Restaurante, enfilamos hacia el parque cerrado donde ya habían llegado la mayoría de pilotos, y donde gracias a los buenos oficios de Nacho teníamos una mesa para los amigos. Montones de risas, regalos curiosos y una comida perfectamente organizada para cerrar la etapa





Es decir, que aunque no sea una sorpresa, de nuevo la Impalada en sí volvió a ser prácticamente perfecta. Lástima que no pudiéramos quedarnos hasta el final, porque nuestra idea de alcanzar Alcañiz con luz de día nos obligaba a salir de allí en torno a las 5 de la tarde, dejando atrás a los compañeros. Así que con toda la pena del mundo nos despedimos de Pep y fuimos a por las motos para abordar los más de 270 kilómetros que nos separaban de Alcañiz.





En los días de preparación habíamos decidido que, por poco que nos gustara, la ruta entre Sant Vicenç y Reus debía ser lo más rápida posible, porque en los alrededores de Barcelona el tráfico es impredecible. De tal modo que, asesorados por Fernando, trazamos una ruta de Autopista + Autovía que nos garantizaba alcanzar la N-420 en un tiempo mínimo.

¡Pobres motos, la paliza que llevaron! Cruceros sostenidos de 85-90 de GPS con la aguja bailando entre 90 y 100 de marcador, y un montón de carga. Pero se portaron como auténticas campeonas, ralentizando en los peajes como si estuvieran recién arrancadas. Espectacular.

Si no recuerdo mal, éste tramo fue el más largo (y el repostaje más grande) que hicimos en el viaje. Tanto apuramos  aparentemente que JM, que había puesto la reserva poco antes, me hizo señas para rellenar en mitad de la carretera, de modo que al llegar a Mora D'Ebre preguntamos a un Mosso que nos dijo que había dos opciones: o retroceder un kilometro para rellenar en el pueblo, o aguantar 15 kilómetros más por la N-420. Así que optamos por la prudencia y buscamos la gasolinera local ... donde me di cuenta de lo imbécil que uno puede llegar a ser.

Creo que os dije antes que me pasé el viaje maldiciendo en arameo cada vez que tocaba quitar la bolsa en cada repostaje, ¿verdad? Gran complemento a la jeringa modelo "Rocco" y al bote de espárragos a juego. Pues mirad la foto:


Si hubiera sido capaz de ver en lugar de sólo mirar, me habría dado cuenta de que una bolsa con fijaciones elásticas puede desplazarse hacia atrás sólo con empujarla, y sin necesidad alguna de desmontarla por completo. ¿Es o no es para matarme? 

Pero bien está lo que bien acaba. Así que me limité a asumir de nuevo mis muchas limitaciones, disfrutar de un paisaje precioso a medida que el día se iba retirando ...


... y sonreír de nuevo al ver que, una vez más, habíamos cubierto el objetivo y alcanzábamos El Trillero dentro del plazo previsto.


Y aunque notábamos el esfuerzo acumulado, la verdad es que la mezcla de satisfacción y nostalgia nos proporcionó una cena agradable y relajada que nos hizo caer en la cama como dos troncos tras haber guardado las motos.

Mañana os cuento en qué compañía durmieron las Impalas, y cómo fue la vuelta a Madrid.



miércoles, junio 15, 2016

Impalada 2016: Historia de una ida ...

Una de las cosas que más sorprenden al impalero que ha viajado con su moto es que alguien se pueda admirar de que dos personas decidan ir de viaje sobre monturas a las que perciben como “pequeñas” y “viejas”. Pero resulta más sorprendente aún que algunas de las personas que te felicitan por tu “hazaña” sean propietarias de motos clásicas, o incluso de alguna Impala.

Sé que en los últimos años la afición por la moto clásica y el hiperrealismo en las restauraciones ha llevado a que mucha gente las perciba como objetos de culto. Y puede que alguna de las clásicas sólo puedan aspirar a ser eso por su incapacidad para adaptarse a la vida real. Pero una Impala es otra cosa. Es una moto que se hizo para ser usada, y que languidece si sólo le quitas el polvo de vez en cuando.

De hecho, si hay una sola idea que me gustaría que el lector sacara de esta crónica sería la de “atrévete”. Piérdele el miedo, porque lo vas a disfrutar. Y vas a aprender mucho sobre tu moto, sobre ti mismo, y sobre tu país y su gente. Porque viajar con una Impala es algo que te cambia la perspectiva sobre muchas cosas que exceden del ámbito de la moto. Es un modo de sumergirte en una realidad que está ahí fuera esperándote, y que te puede regalar momentos de felicidad que desconoces si aún no lo has probado. Es la manera más efectiva que conozco de salir del mundo artificial en que vivimos los urbanitas del siglo XXI y volver a tomar contacto con la realidad. Es volver a ponerte cerca de la naturaleza y vivir un entorno donde disfrutas de una salida del sol que transforma el frío de la mañana en un calor que tu cuerpo agradece, donde escuchas sonar el agua en el fondo de un cañón junto al que paraste la moto para refrescarte un poco, donde las carreteras te permiten tener una perspectiva completa de las cosas y requieren de un tiempo para ser recorridas y donde, al final, tienes tiempo para mirarte a ti mismo y escucharte un poco, que siempre es necesario para no perder el norte.

¿O pensabas que un viaje de este tipo era sólo un asunto de quemar unos pocos de litros de gasolina con aceite?

Primer día: Madrid-Alcañiz




Pues nuestro recorrido de este año empezó el Jueves 9 de Junio. A las 8 de la mañana en concreto, que fue la hora a la que José María y yo habíamos quedado en el almacén de nuestra empresa. Previamente ambos habíamos dejado las motos llenas y el equipaje preparado el día anterior, con lo que sólo nos tomamos unos instantes para recomprobar presiones de los neumáticos y engrasar las cadenas.


Gracias a la decisión de no rehuir la autovía en la salida de Madrid llegamos muy rápido a Torreón de Ardoz, desde donde nos desviamos hacia el Gurugú, donde ya nos encontramos con las primeras carreteras con desniveles y curvas, que nos llevaron bastante rápido a lugares como El Pozo de Guadalajara, donde el entorno ya tenía muy poco que ver con el montón de cemento y asfalto que estábamos dejando atrás.


Pero es que a poco más de 60 kilómetros de nuestra salida, estábamos ya en Aranzueque, un pueblo de la provincia de Guadalajara dede donde tomamos la GU 212, una carretera pequeña pero de buen firme y con un montón de curvas bien trazadas y completamente diseñadas a la medida de nuestras motos, que tiene unas vistas de las que provocan una parada para hacerte una foto.


En esos momentos, todos los miedos que podían quedarme con haber confiado el diseño de la ruta a la web de Tomtom empezaban a despejarse, porque el paisaje era mucho más bonito que el de la ruta del año pasado ... de la que teníamos un buen recuerdo. Pero lo que no teníamos previsto era lo que íbamos a encontrarnos apenas 50 kilómetros después, al llegar a Alocén por la GU-998 y decidir pararnos en el Mirador. ¿Exagero si digo que sólo disfrutar de la vista justifica cualquier viaje?


De verdad, que es todo un espectáculo aunque la foto no le haga justicia del todo. La vista sobre los pantanos de Entrepeñas que forma el Tajo al pasar por allí es de las que merecerían un rato más largo que los quince minutos que pudimos parar.



Más o menos una hora después habíamos hecho los cincuentaypico kilómetros que nos separaban de Villanueva de Alcorón, también en Guadalajara, donde encontramos el que probablemente sea el bar de España que cuenta con el mayor número de sillas con la tapicería rota. Queda justo al lado de una gasolinera abandonada, y el conjunto da una sensación de decadencia que no gusta demasiado. Poco podíamos imaginar en aquel momento que estábamos a sólo un paso de otro de los lugares donde nos detuvimos por no hacer un desaire a una madre naturaleza que lo estaba dando todo por nosotros. Justo recién pasado Zaorejas, y por una de las carreteras de peor firme en el viaje, está esta garganta donde las vistas con como las que os pongo abajo. Palabra que merece la pena ampliar cada imagen:



Pero merecía aún más la pena pararse a escuchar. Porque en el fondo de la barranca de la izquierda, entre un olor a naturaleza alucinante, se oía correr entre piedras el agua de un arroyo que muere en el Tajo un poco más al norte, sin más sonido que te distrajera que el de los pájaros que debían alucinar viendo los dos bichos rojos que se habían parado junto a sus casas.

30 kilómetros de carretera divertida más te llevan a  Corduente, donde te encuentras con otra postal inesperada, pocos kilómetros antes de Molina de Aragón, donde teníamos previsto el primer repostaje, al cumplirse algo más de 200 kilómetros de la salida de Madrid. Juzga por ti mismo:



En el viaje anterior llegamos a Molina de Aragón por la carretera nacional, y en mitad de un diluvio brutal. Allí paramos para comer e intentar seguir lo más rápido posible porque la lluvia nos había retrasado mucho. En esta ocasión, era poco más de mediodía, pese a la ruta extrema por la que viajábamos. Lo que no había cambiado es el aspecto impresionante de su castillo, perfectamente visible desde la gasolinera.


Aquí empezó, eso sí, uno de los rituales más ridículos del viaje, pero con el que más nos hemos reído finalmente. Porque ... ¿en qué estaría yo pensando para decidir que el sistema óptimo para repostar era una jeringa de 60 cc que nos permitía medir perfectamente el aceite tras haberlo cogido de un bote de cristal? Haced cuentas: saca la botella de aceite, llena el bote, carga los 60 cc de la jeringa ... y ya sólo tienes que repetir la operación dos veces más para llenar el depósito. Demencial. Pero como añadirían Hernández y Fernández, yo aún diría más ... si le sumas la necesidad de retirar las bolsas antes de echar gasolina, cada parada en gasolinera era dar motivo para que el resto de parroquianos tuvieran un emocionado recuerdo para nuestros ancestros. Peor en las gasolineras Cepsa, donde el papel de limpieza lo tienen casi que en la caja fuerte y debes entrar a pedirlo. Un horror.

Y como no hay suficiente dolor en todo ello, esto, además, me obligó a hacer gran parte del viaje con una bolsa trasera donde cargaba 2 litros de Castrol, la jeringa y el bote, y que limitaba mi capacidad de moverme sobre el asiento. Pero aún hay más, porque la bendita bolsa debía ser reinstalada al acabar cada recarga del depósito, previa limpieza con papel de todos los elementos antes mencionados, si no querías acabar hecho una lástima y pringado de aceite por todos lados. Para el año que viene vamos a aplicar una ecuación muy sencilla, que dice que 1 litro de aceite = 8 tubos de los que se usan en las gasolineras. Y a hacer puñetas la jeringa, el bote de espárragos y la mochila supletoria para mantener el aceite separado.

Otros cincuenta y tantos kilómetros más nos llevaron a comer en Calamocha, tras pasar por  La Yunta y Torraba de los Sisonesa través de un camino vecinal que no estaba tan mal como cabía temer.

 

Tras una comida tan ligerita como se ve en la foto de arriba (y eso que no se ve el otro bocata de longaniza a la plancha que nos apretamos), y con el solazo que estaba cayendo, saqué de la bolsa mi chaleco refrigerante -bendito sea- que me permitió no morirme de un colapso mientras hacíamos la subida del Puerto de Fonfría.



Otra carretera sin un gran firme, pero con unas vistas maravillosas a ambos lados de la cumbre y muy disfrutable con motos ágiles como las nuestras. Atravesamos por ella Huesa del Común y Cortes de Aragón para acercarnos a Andorra y Calanda, que nos situaban ya a tiro de piedra de Alcañiz, que era nuestro  destino final para esta primera jornada. Allí, después de poner gasolina (y tener otro recuerdo para el bote de espárragos y el imbécil que lo juntó con la jeringa) nos acercamos a El Trillero, donde nos acogieron con su amabilidad habitual. Y como esta vez no había que poner cosas a secar, aprovechamos para dar una vuelta por allí, que el lugar merece la pena.


 




Segundo día: Alcañiz-Barcelona



Después de dormir como dos cincuentones descerebrados que hubieran hecho diez horas de moto el día anterior, salimos del Trillero con rumbo a Barcelona, no sin haber hecho, como corresponde, un desayuno de hombres duros de verdad, como el que se ve en la foto:


Jose (el dueño del local) se partía de risa viéndonos tomar un Colacao y un descafeinado con dos magdalenas. Porque conste que de los dos paquetes sólo comimos uno.

Un viaje que calcaba en su primera parte el recorrido del año pasado por la N-420, que hace una transición suave entre la dureza del paisaje aragonés y las primeras comarcas catalanas. Una carretera con buen firme, curvas amplias, y lugares donde no queda más remedio que parar para que aquello que ves se convierta en algo más permanente que un simple recuerdo. ¿O eres capaz de resistirte a esto?



A partir de aquí, sólo una parada cerca de Vila-rodona para beber algo fresco antes de tomar un camino bastante rápido hacia la Diagonal, donde nos esperaba el stand que el Motoclub había montado para la retirada de acreditaciones.


Si amplias la foto, querido lector, verás con aun mayor claridad cómo la moto de mi compañero se había hecho más de 600 kilómetros con la bolsa completamente escorada a la izquierda, cosa que solucionamos al día siguiente, cuando vimos cuál era la causa.

El caso es que allí empezamos a ver impaleros amigos. Desde el bueno de Carles Baró, que fue nuestro primer reencuentro este año, hasta el maestro Coro, pasando por muchos otros a los que fuimos saludando. Pero había que irse a tomar posesión del apartamento que alquilamos con Airbnb y ponerle algo de líquido al cuerpo como prólogo de una comida rápida, puesto que Carlos llegaba sobre las 16:30 y habíamos quedado con él y Fernando en La Illa.


Tras la comida, vuelta al apartamento, ducha rápida y nos recogió Pepe con su Impala carenada. No como otras. Y a partir de ahí, múltiples reencuentros, empezando por Fernando para casi completar el grupo a falta de Nacho, y un Carlos que alucinaba con la Texas de Pep. Aquí estamos (casi) todos en amor y compañía y se puede ver la cara de felicidad de Carlos, que vivía su primera Impalada en unas condiciones como para no olvidar.


 

Como tampoco olvidaremos el detallazo que se marcó José María:


Unos polos conmemorativos, de los que no podéis ver la espalda, en que llevan la leyenda que lucía John Haberbosch en su camiseta de las Montesadas: "Life is an adventure or it is nothing". 

Y de ahí, a casa de Nacho a dejar las motos para la mañana siguiente, previo engrasado de cadenas. Los pilotos pusieron rumbo a una cena agradabilísima organizada por Pepe, a la que se sumó Ramón Valls para tener el grupo completo.


La idea era cenar pronto para acostarse temprano, dado que para el día siguiente nos esperaba la Impalada ... y la vuelta a Alcañiz. Pero fue imposible. Había tantas cosas por contarse después de un año desde la visita de Fernando y Nacho, que terminamos tomando una copa después de cenar, para acostarnos pasadas las doce. Que no es mal modo de terminar un día que servía de prólogo a la Impalada, que es el acto central del viaje.

Pero esto os lo contaré otro día.








martes, junio 14, 2016

Impalada 2016: preparándolo todo

Prólogo a la Impalada 2016.


Escribo estas primeras líneas con el “Gloria” de Vivaldi en la cabeza. Pocas músicas que yo conozca expresan mejor la alegría, que es la sensación dominante que te queda cuando has vivido cuatro días con la intensidad con que transcurrieron los que iban del jueves 9 al domingo 12 de Junio de 2016 … aunque no es menos cierto que corro el riesgo de terminar con el “Requiem” de Mozart si no me organizo un poco. Porque se hace difícil abordar el relato sin darle una mínima estructura. 

Ya en 2015 me vi en la obligación de separar en dos partes un artículo que se me iba de las manos, pero este año está siendo una pesadilla intentar poner orden en toda la historia. Y creo que se debe, en parte, a algo tan tonto como un comentario amable de un lector del blog en el parque cerrado de L’Illa, que me dijo que había bromas entre algunos impaleros sobre la localización exacta de “La Estepa” de la que hablo en muchas de mis crónicas. En el momento me partí de risa, porque es verdad que utilizo la expresión a menudo para no dar pistas a los amigos de lo ajeno, pero luego me dejó un poco descolocado porque, aunque siempre he sido consciente de que estas páginas no sólo las escribo para mi y mis allegados sino que hay también mucha otra gente que pasa por aquí de vez en cuando, nunca me había planteado que fueran objeto incluso de charlas de café entre ésa buena gente que me dedica un tiempo de su vida que, francamente, no creo merecer.

Para más desgracia, he olvidado el nombre del autor del comentario, con lo que no podré agradecerle el cumplido personalmente. Pero al menos recuerdo su cara, que rescato aquí de una foto publicada en el FaceBook del MCI como homenaje a todos los amigos del Moto Club Impala que se desviven para montar un evento que agota calificativos. Vaya para ti y tus compañeros mi primer agradecimiento. Porque sin gente como vosotros, ningún juntaletras como yo podría viajar tranquilamente sabiendo que al llegar a Barcelona se va a encontrar con todo listo para ser disfrutado, sin haber aportado más que un ridículo puñadito de euros que no paga, ni de lejos, el placer de la experiencia que habéis construido vosotros.


Absolutamente de clase mundial. No se me ocurre qué más se podría añadir a una Impalada para que fuera perfecta, pero a la Directiva del Club siempre se le ocurre algo de año en año que eleva un listón que, de por sí, ya es alto.

Un ejemplo, sólo por dejar claro que esto que cuento no son ganas de dejar bien a nadie, sino un simple ejercicio de justicia. Aquí tenéis la hoja de instrucciones que reciben los marcadores de ruta para asegurarse de que el recorrido queda bien señalizado.



Si eres seguidor de estas páginas, seguro que has identificado ya al autor. Efectivamente; se trata de “Sant” Pep Itchart, que se autorretrata con la Texas 250 que cedió este año a mi amigo Carlos para que pudiera vivir su primera Impalada. Sí, un fulano que presta una moto única al amigo de un amigo, sólo porque se la piden. Y que se pondrá colorado cuando lea esto, pero al que debo no sólo el favor de este año o mi primera Impalada (en su king Scorpion) sino un montón de cosas más. Moltes gràcies, Pep, ¡bona feina!.

Preparativos: dos (lamentables) pilotos y unas motos que no se los merecen.


Pero la Impalada de 2016 empezó en realidad durante la de 2015, donde disfrutamos de una comida deliciosa con Fernando y Nacho, y descubrimos a Pepe. Y siguió con un grupo de WhatsApp donde charlamos desde entonces, y que tuvo como consecuencia casi inmediata que en Septiembre de 2015, aparecieran Fernando y Nacho en Madrid a devolver la visita de Junio. Pero como ellos hicieron la machada de ir y volver en moto, estaba claro que a los “madrileños” nos tocaba repetirlo este año con ocasión de la Impalada.

A diferencia de un 2015 en que se nos complicaron muchísimo las cosas de trabajo antes de la salida y terminamos por improvisar casi todo ... hasta el punto de salir casi sin ropa de agua en mitad de un diluvio, este año hemos podido preparar las cosas a conciencia. Por dar un dato impresionante que revela hasta qué punto nos esforzamos por no dejar un sólo cabo suelto, José María consideró llegado el momento de cambiarle a su moto aceite de embrague y cambio. A riesgo de perder la poca credibilidad que pudiera quedarme entre mis lectores, añadiría que también cambiamos su zapata de freno trasero e incluso pusimos el manillar en una posición en que se pudiera sentir cómodo alguien que no hubiera sido fakir en una reencarnación anterior. Lo del manillar -¡qué duda cabe!- ha contribuido a que mi compañero aguantara como un campeón más de 1.500 kilómetros sentado en un asiento partido.

Felizmente, su pretensión de viajar enfundado en una cazadora de cordura negra en un día con 37 grados de previsión se fue al traste porque salimos de paseo el día anterior con 35º para que se comprara unas botas cerradas (complemento ideal para la chaqueta negra), y le pudimos convencer de que era mejor idea hacerse con una cazadora de verano que había localizado unos días antes al 50% de descuento. Una Spidi Airtech Armor que por 49,97 euros nos ha acompañado proporcionándonos una circulación de aire incomparable con una chaqueta convencional.



Como se puede ver en la foto, es poco más que una malla con protecciones de codo y hombro, a la que se puede añadir una de espalda si te preocupa mucho la seguridad. Incluso puede llevar una frontal ... con la que supongo que perderá casi por completo la utilidad como prenda fresca para verano.

En mi caso, que soy un poco menos estoico que JM, añadí algo que deseaba probar desde que hace un par de años leí un análisis en el blog de José María Alguersuari: un chaleco refrigerante de fibra “Hyperkwel”. Después de mucho dar vueltas, porque el de la marca analizada en el blog no aparecía por ningún lado, terminé por comprar uno de marca “Rev’it” como el que se puede ver en la imagen:



La idea es que el chaleco está hecho de una fibra que almacena agua, y luego la evapora con la corriente de aire que genera la moto en movimiento, y ello refresca al piloto. Se usa, una vez escurrido tras sumergirlo en agua un par de minutos, sobre una camiseta (en mi caso una camisa Oxford), que no llega a mojarse pese a lo que pueda parecer. Sé que suena extraño, pero ... ¡funciona! Mi tramo entre Calamocha y Alcañiz fue de un confort absoluto gracias al invento.

Por no alargarme demasiado, apuntaré que también mi moto recibió varias mejoras que probablemente ya conozcáis. Un asiento tapizado con gel y viscoelástica que se ha revelado como un modo eficaz de no desear arrancarte el escroto al cabo de unos cientos de kilómetros, unos amortiguadores regulables de marca Lesans que han marcado la diferencia en alguno de los tramos más bacheados, y un escape Sport Rally que la deja respirar mucho más libre y proporciona una mejor estirada. Lo que no llegó fue el carenado, por más que perseguí al bueno de Xavi Arenas por tierra mar y aire. A ver si el año que viene lo llevo, porque me apetece mucho probarlo.

La ruta: sufriendo a Tomtom.


Y cierro esta parte de introducción con un comentario sobre una de las cosas a las que dedicamos más tiempo, que fue la preparación de la ruta. Y no hablo en plural mayestático, sino que reconozco las aportaciones de mucha gente que me ayudó con la preparación: Fernando que me hizo una vuelta cómoda desde el final de Impalada hasta Reus, José María que discutió conmigo pros y contras de las distintas alternativas, o incluso José Antonio que el año pasado me dio alguna clave interesante sobre los alrededores de Barcelona.

El caso es que decidimos hacer una mezcla entre el recorrido del año pasado y alguna novedad que intentaba sacar el mejor partido posible de las motos y el tiempo disponible en esta edición. Y dividimos el viaje en cuatro cinco recorridos de GPS que agrupamos según los días transcurridos. Os cuento un poco por encima, porque luego lo desarrollaremos en cada una de las jornadas.

El primer día Alcañiz-Madrid, evitando no sólo autopista y autovía (excepto los primeros 20 kilómetros para no dar rodeos absurdos) sino incluso carreteras nacionales. Recorrido nuevo por completo.

El segundo, que fue nuestra jornada más corta, Alcañiz - Barcelona, con algo más de autovía y autopista que el año pasado, para hacer la llegada más rápida.

El tercero, que fue el más duro, Impalada por la mañana y vuelta a las 5 en una mezcla de  Autopista pura y carretera nacional para llegar a Alcañiz aun con luz.

Y finalizamos el domingo con la vuelta a Madrid invirtiendo el recorrido del año pasado desde El Trillero hasta casa.

Para hacer todo esto, usé (porque esto sí que fue trabajo individual) varias herramientas informáticas, que -como suele pasar- no siempre se entienden entre sí.

La primera una web de Tomtom llamada My Drive (https://mydrive.tomtom.com) que permite definir un inicio y un final de ruta y optar entre “Ruta más rápida” y “Ruta excitante”, y en éste último caso, decidir entre tres niveles de curvas y tres de montañas. Adivina cual seleccionamos.

Esto nos proporcionó un recorrido delicioso para nuestra primera jornada. Pero tuvo el inconveniente de que la bendita web sólo se entiende con dispositivos de última generación, y mi GPS tiene ya unos cinco años ... lo que me obligó a reconstruir manualmente la ruta usando una segunda herramienta informática: un software llamado Tyre, que permite luego convertir la ruta en un archivo que se exporta a mi Tomtom Rider.

La tercera herramienta, sumamente recomendable si no estás como una regadera, es Google Maps, para ir repasando con el “Street View” el aspecto de cada una de las carreteras que MyDrive ha metido en la ruta, no sea que te encuentres con algo por completo impracticable. 

Y la cuarta herramienta fue, precisamente, el software de mi GPS, que es para hacer fusilar al amanecer al desgraciado que lo diseñó, porque no siempre puedes confiar en que respetará al 100% los puntos de paso que has definido. Pero eso os lo contaré al final.

Este proceso que os cuento, y con el que termino el prólogo a este año 2016, me consumió entre 6 y 8 horas de trabajo ... y maldiciones en varias lenguas. Pero la verdad es que tuvo un resultado razonable como balance total, con momentos verdaderamente bonitos, como os contaré a lo largo del desarrollo del viaje.


Pero eso será otro día.