martes, junio 19, 2018

Impalada 2018. Un viaje por fuera ... y otro por dentro.

La de 2.018 ha sido mi sexta Impalada, desde que en 2011 Pep Itchart me lo puso fácil prestándome su preciosa King Scorpion para que probara qué era aquello que atraía a tanta gente. La primera consecuencia fue que en 2012 ya tenía mi propia Impala con la que acudir. Y desde entonces, la cosa se fue liando cada vez más: un año probamos a ir sobre las motos, al siguiente decidimos que ya que íbamos lo suyo era volver ... cualquier excusa ha sido buena para prolongar lo más posible el montón de buenos ratos que la vida te trae con cada una de las Impaladas.

Incomprensible para quien no lo haya vivido, pero parte del guión para quienes hemos tenido la suerte de envenenarnos con estas motos. Como parte del guión ha sido ir contando en el blog con más o menos detalle algunas de las ediciones, porque siempre hubo cosas que compartir, aunque no siempre dispuse del tiempo para hacerlo.

Mis crónicas han sido unas veces mecánicas, otras de viajero, y casi siempre de amigos, porque he tenido el privilegio de vivir siempre la experiencia en buena compañía. Que es como lo que decía del sexo Woody Allen: resulta mucho mejor con más de uno.

Pero a medida que los años pasan y tomas más conciencia de lo limitado que es nuestro tiempo, y de lo frágil que resulta la vida, empiezas a profundizar y a darte cuenta de que lo que haces no es sólo un viaje en moto, sino algo que va muchísimo más allá. Probablemente, por aquello de la experiencia que dan los años -y porque él era un hombre brillante-, fuera Pepe Maciá quien se dio cuenta primero y por eso montó el grupo de WhatsApp en que compartimos de todo desde hace unos años. Una grupo que hace explosión cuando pasa la Semana Santa y empezamos a desear que llegue Junio, pero que sigue vivo durante todo el año como un foro donde nos contamos todo tipo de cosas, compartimos buenos y malos momentos, y nos sentimos acompañados en ese viaje que es la vida. Un grupo que ha convertido en diaria esa sensación de ver la luz del compañero en tu retrovisor, que tanto te conforta cuando un viaje se hace duro.

Porque el viaje -como la vida- no sería igual si no tuviera un componente de superación y de reto. Tanto da que sean un diluvio o el calor extremo, o la pérdida de un amigo que se nos va sin previo aviso. Las Impala te hacen viajar por fuera, pero también por dentro si les das la oportunidad, aprendes a escucharlas y te dejas llevar un poco. No son tan distintas, en el fondo, a cualquier afición que te permita estar contigo mismo y escucharte a ratos perdidos, si tienes el valor de hacerlo.

Este año ha sido el primero que no hice el camino con José María, que ha sido mi compañero en casi todas las ediciones anteriores. Y aunque tuve la suerte de que Carlos me acompañara, un amigo nunca suple la falta de otro. Supongo que por esa razón, sin que nadie lo haya dicho, seguimos llevando la cinta verde de Pepe en las motos, y que también por ello seguiremos echando de menos a los que no pueden estar por circunstancias de la vida. Nadie reemplaza a nadie, porque todos tienen un lugar si quieres dárselo.

La de 2.018 ha sido una Impalada diferente. A la que acudes con pena por los que no están y con la preocupación por cómo encontrarás un territorio y a una gente a los que has aprendido a querer como si fueran tuyos. Porque lo son. Tanto Cataluña como los muchos amigos que viven en ella son parte de mi vida. Y con algunos tengo distancias enormes en muchos temas, pero siempre me he sentido querido y respetado, como he procurado querer y respetar aunque no siempre entienda. Imagino que es parte de lo que dan los años; aprendes que puedes amar sin entender, y que puedes respetar lo que no compartes, sin que ello te distancie de nadie que no quiera distanciarse de ti.

Entiendo que tal vez deba agradecer todo eso a un Moto Club Impala que no es sólo es un prodigio de capacidad organizativa, sino también de cordura. De seny, que se diría por allí. Una organización donde sus miembros tienen claro que el MCI es de todos y respeta a todos; y donde uno, más que respetado, se siente siempre acogido.

Tal vez gracias a la buena labor del Club, este año, además, he empezado a ver señales claras de algo que me importa en lo personal, que es el relevo generacional. Muchos de los jóvenes que acudieron por primera vez el año pasado volvían ... y muchos de ellos demostraban sobre la moto que la habían estado usando en el tiempo transcurrido desde entonces. Especialmente una Impala 2 carenada que debe sentirse orgullosa de que sea otro Pepe Maciá quien la meta en curva con -casi- el mismo buen estilo que su dueño original. ¿Tendrá mi Impala la misma suerte algún día?

Releo lo escrito y no deja de sorprenderme un punto de melancolía. Supongo que porque me faltan 363 días para la siguiente y no sé si seremos capaces de organizarnos. Así que cierro. Y lo hago con una sola foto, que creo que es la que mejor simboliza lo que significa una Impalada. La de Pep y Santi llegando al final del recorrido después de toda una mañana trabajando para rematar algo de lo que no sacan más que la gratitud de quienes sabemos que sin ellos nunca viviríamos una experiencia como esta.

Una molt forta encaixada, amics. Fins aviat!


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Como diría Juan Ramón Jiménez, mi troll es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos.

Probablemente no tiene huesos y por eso insulta bajo seudónimo. Pero además de cobarde es tan coñazo que he decidido que sólo me moleste a mi. De tal modo que a partir de ahora me quedo con la exclusiva de leer sus bobadas. Disculpadme el resto que os haga pasar por la "moderación" de vuestros comentarios.